Hay una baldosa suelta en el pasillo de mi casa. Una baldosa desacomodada que rompe el diseño en cuadrícula del piso. Desnivelada, descansa su peso inclinándose hacia un costado -y en el opuesto- asoma un pícaro borde puntiagudo. Tan pícaro y puntiagudo que me molesta.
Cada vez que camino por el pasillo, a medida que me acerco a ese borde, mis ojos se detienen en el filo de sus aristas. Sólo de verlo, mi mente evoca la sensación de ese filo cortándome la piel. Lo imagino frío y astilloso, como el extremo amenazante de un vidrio roto que dibuja un tajo en mí pie, así como un cuchillo corta un trozo de manteca y abre lentamente un abismo por el que temo caer.
¿Cómo se atreve ese borde a intimidarme de esa manera? ¿Quién se ha creído para esperarme expectante de infundirme miedo cada vez que camino por el pasillo de mi propia casa?
Frenética, cada vez que paso por allí, aceleró el paso como si tomara envión, y le doy un pisotón al borde de esa baldosa. El placer es inmediato, casi instantáneo, compulsivo, tan cotidiano como poner agua para el mate. El balanceo de la baldosa sobre su punto de apoyo produce un primer sonido duro, consecuencia de su esquina desnivelada golpeando el cemento que yace debajo; y luego un sonido hueco, al retomar su posición anterior.
El silbido de la pava anunciaba que en las cinco de la tarde, despertándome de mi ensueño diurno me avisaba que se hirvió el agua para el mate. "Hoy me tomó unos dulces"-decidí en silencio mientras me levantaba de la silla y me alejaba del escritorio, en dirección a la puerta de mi habitación. Mi cabeza me lo anticipa con una imagen: voy a cruzar el umbral de esa puerta, girar hacia la derecha y ahí va a estar ese borde de sonrisa filosa esperándome. Mis brazos se rigidizarán un poco, mis puños y mis labios se apretarán y el pisotón acomodará la baldosa en el lugar que le corresponde, y la muy obstinada reanudará su amenaza exponiendo nuevamente el filo cuando ya esté dándole la espalda. Solo porque sabe que en mi camino de regreso hacia la habitación tendrá una nueva oportunidad de hacerme enojar y volverá a burlarse de mí. Son dos ruidos, dos momentos de excitación, dos emociones concatenadas: su burla y mi enojo. Fuerzas de la misma palanca de gira en círculos perennes, un engaño acordado entre ella y yo.
La pava sigue silbando, atravieso la puerta, un paso se adelanta al otro, mi vista se fija en el blanco, camino y arremeto el pisotón. Se escucha el primer golpe haciendo eco en alguna parte de la casa, y medio segundo después, el segundo ruido avisa que ella está lista para una nueva batalla. Burlona vencida y vencedora engañada. Guerra perpetuada eternamente, odio que más que odio es amor. Adoración libidinal que satisface algún enmascarado deseo; deseo que en realidad no quiere ser satisfecho sino que prefiere prolongar la agonía de saberse incompleto.
El agua para el mate está demasiado caliente "Y bueno, será cuestión de agregarle un chorrito de agua fría"- Mate y termo en mano, inicio mi retorno a la habitación, cuando de repente: " ¡Uh! Me olvido el azúcar". Reviso la alacena buscando el tarro de azúcar y lo encuentro escondido detrás del paquete de yerba. "¡Pero, che! ¡La que te pan con queso!"- el frasco está vacío. Di vuelta media cocina, atrapada en el laberinto de ollas y platos de la alacena, persiguiendo rastros de azúcar. "Estoy segura de que todavía quedaba algo de azúcar"-me dije. Nuevamente, mate y termo bajo el brazo, media vuelta, partí hacia la habitación.
Ya comenzaba a sentir como mi mano apretaba con más fuerza el mate. Efectivamente, a pocos pasos repetí mi flagrante victoria sobre la burlona amenaza de mi enemiga. Mi pie cruzaba la puerta de la habitación y de pronto me detuve. Algo no estaba bien, volví sobre mis últimos pasos y mis ojos sospechando buscaron la baldosa.
No escuché el segundo ruido, ella no retomo su posición, su filo no me amenazaba, la baldosa reposaba perfectamente acomodada en su lugar. Lugar que en realidad nunca ocupó, que nunca reconoció propio. La creía indefinidamente desubicada, rogándome atención. Yo estaba allí para darle sentido a su falla, para reconocerla única, argumentando su interminable desequilibrio con mi enojo. Para odiarla... para amarla.
Corrí a la cocina a buscar algún elemento para desacomodarla otra vez. Cuchillos, tenedores… repetidos intentos, insistentes forcejeos ¿Cómo osaba abandonarme y traicionarme así? Totalmente inesperado, inaceptable, ¡Imperdonable!
Finalmente, cansada de buscarla, de tratar de resucitarla, posé mi mano resignada sobre ella para usarla como punto de apoyo y pararme. Una vez erguida me dirigí hacia mi habitación.
Dos pasos y se escuchó el anhelado segundo ruido. Estaba hablándome otra vez... Volví a ella, y fue precisamente en ese momento que se me ocurrió preguntarme qué era lo que desbalanceaba la baldosa. ¿Qué se encontraba debajo de ella todo este tiempo? Suavemente la retiré su lugar y entonces comprendí. Debajo de la baldosa suelta del pasillo de mi casa hay…

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