Ando buscando alguien que me complique la vida. Que me de
razones para estar enojada, excitada. ¿Serás vos hoy?... para ser engañada,
menospreciada, maltratada. Alguien que me repruebe, que me confunda. Pero un poco idiota, para poder –en reflejo- devolverle
aquello que invento recibir. Así me alegro de que, desvalorizada y todo, me ría
de vos. Porque sos medio tarado.
Sigo buscando y encontrando gente que me invade, de la que
trataré de escaparme aunque –básicamente- me siga enterrando en ellos,
entregandome a sufrir, a preocuparme. Alguien que me entretenga un rato, en algo que no se
resuelve nunca porque no existió jamás. Alguien a quien echarle la culpa, inventándole
un lugar a mi desgracia. Alguien medio estúpido que se haga cargo de mis acusaciones.
Que esté tan aburrido como yo, para tenernos juntos: entre-tenernos.
Buscaré alguien que
capte toda mi atención, que me vuelva inútil, que me disminuya y ponga en duda
mi capacidad de sentir. Alguien tan poco creativo que se desmerezca tanto que
necesite que yo le invente problemas para sentirse vivo. Tan muerto que mi
muerte le signifique perderlo todo.
Jugaremos en el laberinto de espejos: en el reflejo de
nuestra propia mirada en el ojo ajeno.
Necesito alguien que registre todo lo que me molesta y
organice su vida en función de cumplir al pie de la letra cada detalle, un
insoportable impune. Alguien que no asuma nunca que no me aguanta, pero que me lo
demuestre a cada instante. Porque gustosa me sacrifico para validar la cobardía
de los demás. La mía, pero invertida, desplazada.
“Nena, buscate un hombre que no te cague, porque son todos
iguales…”-decía y dice-. Y ellos se definen por cagarte y una por ser cagada. Pero él vive como si no lo notara: se olvida, se distrae,
está ocupado. Mientras que yo mienta: exagere, desvaríe, delire, invente. Él –pobrecito-
se esfuerza y yo… me aburro del oprimido.
Qué cobarde, escondida, enviciada de mi ceguera. Acomodada
en la desconfianza, aquerenciada en el desencanto. Negando la conciencia de la repetición,
actuando sorpresa en cada nueva vieja herida.
Nos perdemos entre libros, hijos, matrimonios, enfermedades,
novelones, papelones, numeritos, porcentajes, tasas, juicios y acciones. Mejor
compremos un sistema de alarmas más eficiente, agreguemos cerraduras a las
puertas, enrejemos las ventanas. Aseguremos el auto, la comida y la angustia:
gastritis crónica, hipertensión, insomnio, ibuprofeno y cáncer. Eso sí, una
buena obra social.
“No, estos días no se puede confiar en nadie. Nunca falta el
vivo que…”, mientras nosotros estamos muertos, aburridos. “¿Qué clase de gente
hace estas cosas? Es de no creer. ¿Dónde se ha visto?”
En tu nuca, en tus “nunca”, en lo que no queres mirar, lo
que obvias de tus sentidos, lo que te esta sobrando, eso que te cuelga, lo que
te queda de resto. Eso que se repite muchas veces, que es parte de tus vicios.
Tu vicio: recortar la realidad, controlar el devenir, conocerlo tanto que no
sorprenda, que aburra. El vicio de todos de tener personalidad. El vicio de
defenderla, sostenerla agonizante. Esa personalidad viciosa en la que despojas
tus sinrazones. Esa farsa maniática que te hace sentir único. Tu estampa, tu
marca, tu estilo, tu huella. Tu celda.



