¿Cómo hacen los objetos para
parecerse a sus dueños? ¿Será cierto que uno los elije parecidos a uno mismo?
Como los perros y sus dueños. Quizás los objetos nos elijen a nosotros.
¿Existirá esa energía esotérica por la que uno, cual imán, atrae las formas que
se le parecen? En tal caso no elegiríamos ni la más insignificante cosa con las
que nos identificamos. A veces –pero no siempre- creo que nos vamos rodeando de
aquellas cosas que nos significan, o con las que nos gustaría vernos
asemejados. Hoy es uno de esos días en los que no nos creo portadores de semejante
ingenuidad. ¿Cómo es que elegimos? ¿Cómo es que nos convencimos de que
decidimos cuando elegimos? ¿Elegimos o somos la consecuencia de nuestros
apéndices vituperados, de los miedos de “mamá” de no asemejarnos a algún
familiar o vecino mal habido del barrio? Y así vamos decantando en un
estereotipo con el cual luego nuestros allegados deciden agasajarnos con un
presente que nos representa.
¿Cómo es que los hijos, a pesar
del pesar y tantas veces disimulando, se parecen a sus padres? Tal vez sea la
doctrina impartida por los tatara-tatara. ¿O a caso el paso del tiempo los
asemeja? Entonces con el trascurrir de los años sedimenta en las personas solo
el acaecido infanto-juvenil, y la primera adultez es un capricho. No hay
aprendizaje, no hay cambio… es solo el camino para aceptar el inicio y caminar
al final. Lo heredado, lo encarnado, lo negado y a veces… lo aceptado. Hubiera
pensado que se trataría de elegir de qué lado de la historia quería uno estar. Sin
embargo, el dibujo se hace igual, elija o no. Porque hay tantas cosas que
desconozco, rechazo, intento, anhelo y no puedo ser… la maraña está tan
entremetida y llega tan lejos que el lugar que ocupo no es por nada una
elección. ¿Elegiremos para contrarrestar lo que no podemos tolerar ni desechar
de nosotros mismos? ¿Será nuestra personalidad un rejunte de apariencias
contrarias a nuestra imagen interna, con
el propósito de despistar a los catalogadores? Identidad histórica.
No decidí ser hija de la democracia
argentina (ni de mis padres), pero nací en el año en el que, después de casi
una década de represión social, se celebraba el primer Festival Latinoamericano
de Teatro. Y habiendo nacido entonces, nada mejor que ser futuro esperanzador
de un pasado que nunca reviviré, pero que tengo prohibido olvidar. Siendo hija
de la democracia, no debería más que agradecer la libertad de elegir… Aunque sólo
cuando el pasado me permita disfrutar del presente. Pasado que -por ahora- se despliega
ante mí como una reconstrucción colectiva en la que opinar y decidir, es una
cuestión de complacencias y no de certezas. Todos somos hijos de alguien.
Rastro de la herencia de una familia dolida.
Elegir es la moraleja de un mito,
porque las opciones jamás son equivalentes. Estar de un lado o el otro de la
línea es ser parte de un mutualismo de rivalidades simbióticas ficticias. La
decisión nunca se toma, ni se hace duelo por la pérdida, porque todo se gana. La
eterna definición, sostenida a base de sentido de pertenencia. En esta
fricción, intentado quizás, dar vida al insulso (casi un insulto) cliché de
“vivir en paz”, encuentro que no hay categorías bipolares para la no-opción, y
si lo intentásemos aún así nos resignaríamos no tolerando ser clasificados de
esquizoides en la tarea de hacer un popurrí de ideologías. Eso nos pasa por ser
hijos de la bendita democracia ¡No sabemos lo que queremos! No puedo saber,
tampoco preguntar. Ni se me ocurra opinar, pero no hay piedad si decido
olvidar.
La misma idea de libertad es una
ilusión. ¿Cuándo empezaría mi libertad? ¿El día que me importe un carajo todo? No,
esa es la ilusión en sí misma. El único lugar que queda para despojarse de las
presiones del existir es el inodoro, y no cualquiera, sino el de mi propia
casa. El punto ciego del panóptico. Libertad dentro de la propiedad privada.
Recuerdo frágilmente el primer libro
que hablaba sobre la libertad. Me pregunto si estaba lista para leerlo,
igualmente no había opción. Por una parte simbolizaba voluntad de independencia,
y a su vez una libertad obligada por odiar lo conocido, viviendo siempre de la
ilusión. Libertad de la que no estaba segura de querer hacerme cargo.

