jueves, 18 de septiembre de 2014

Elhijiendo


¿Cómo hacen los objetos para parecerse a sus dueños? ¿Será cierto que uno los elije parecidos a uno mismo? Como los perros y sus dueños. Quizás los objetos nos elijen a nosotros. ¿Existirá esa energía esotérica por la que uno, cual imán, atrae las formas que se le parecen? En tal caso no elegiríamos ni la más insignificante cosa con las que nos identificamos. A veces –pero no siempre- creo que nos vamos rodeando de aquellas cosas que nos significan, o con las que nos gustaría vernos asemejados. Hoy es uno de esos días en los que no nos creo portadores de semejante ingenuidad. ¿Cómo es que elegimos? ¿Cómo es que nos convencimos de que decidimos cuando elegimos? ¿Elegimos o somos la consecuencia de nuestros apéndices vituperados, de los miedos de “mamá” de no asemejarnos a algún familiar o vecino mal habido del barrio? Y así vamos decantando en un estereotipo con el cual luego nuestros allegados deciden agasajarnos con un presente que nos representa.
¿Cómo es que los hijos, a pesar del pesar y tantas veces disimulando, se parecen a sus padres? Tal vez sea la doctrina impartida por los tatara-tatara. ¿O a caso el paso del tiempo los asemeja? Entonces con el trascurrir de los años sedimenta en las personas solo el acaecido infanto-juvenil, y la primera adultez es un capricho. No hay aprendizaje, no hay cambio… es solo el camino para aceptar el inicio y caminar al final. Lo heredado, lo encarnado, lo negado y a veces… lo aceptado. Hubiera pensado que se trataría de elegir de qué lado de la historia quería uno estar. Sin embargo, el dibujo se hace igual, elija o no. Porque hay tantas cosas que desconozco, rechazo, intento, anhelo y no puedo ser… la maraña está tan entremetida y llega tan lejos que el lugar que ocupo no es por nada una elección. ¿Elegiremos para contrarrestar lo que no podemos tolerar ni desechar de nosotros mismos? ¿Será nuestra personalidad un rejunte de apariencias contrarias a nuestra imagen interna, con  el propósito de despistar a los catalogadores? Identidad histórica.
No decidí ser hija de la democracia argentina (ni de mis padres), pero nací en el año en el que, después de casi una década de represión social, se celebraba el primer Festival Latinoamericano de Teatro. Y habiendo nacido entonces, nada mejor que ser futuro esperanzador de un pasado que nunca reviviré, pero que tengo prohibido olvidar. Siendo hija de la democracia, no debería más que agradecer la libertad de elegir… Aunque sólo cuando el pasado me permita disfrutar del presente. Pasado que -por ahora- se despliega ante mí como una reconstrucción colectiva en la que opinar y decidir, es una cuestión de complacencias y no de certezas. Todos somos hijos de alguien. Rastro de la herencia de una familia dolida.
Elegir es la moraleja de un mito, porque las opciones jamás son equivalentes. Estar de un lado o el otro de la línea es ser parte de un mutualismo de rivalidades simbióticas ficticias. La decisión nunca se toma, ni se hace duelo por la pérdida, porque todo se gana. La eterna definición, sostenida a base de sentido de pertenencia. En esta fricción, intentado quizás, dar vida al insulso (casi un insulto) cliché de “vivir en paz”, encuentro que no hay categorías bipolares para la no-opción, y si lo intentásemos aún así nos resignaríamos no tolerando ser clasificados de esquizoides en la tarea de hacer un popurrí de ideologías. Eso nos pasa por ser hijos de la bendita democracia ¡No sabemos lo que queremos! No puedo saber, tampoco preguntar. Ni se me ocurra opinar, pero no hay piedad si decido olvidar.
La misma idea de libertad es una ilusión. ¿Cuándo empezaría mi libertad? ¿El día que me importe un carajo todo? No, esa es la ilusión en sí misma. El único lugar que queda para despojarse de las presiones del existir es el inodoro, y no cualquiera, sino el de mi propia casa. El punto ciego del panóptico. Libertad dentro de la propiedad privada.
Recuerdo frágilmente el primer libro que hablaba sobre la libertad. Me pregunto si estaba lista para leerlo, igualmente no había opción. Por una parte simbolizaba voluntad de independencia, y a su vez una libertad obligada por odiar lo conocido, viviendo siempre de la ilusión. Libertad de la que no estaba segura de querer hacerme cargo.

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