jueves, 6 de julio de 2017

Rutina de mi Mundomiedo


Otro día más…

(¿Cuántos días más?)

…trabajando para la Ley, la trampa de la Ley.

Una sucesión de historias que se vuelven reales porque las sentenciamos a pronunciarse indefinidamente, Mente.
Cuando ninguna historia es cierta, cuando retenemos un fragmento de “rea-lidad” y nos condenamos a revivirlo y poseerlo, aunque sea para equivocarse eternamente, Mente.

Nos creemos esa versión, nos creemos/creamos el error. Nos convencemos de él y damos vida a un miedo, el miedo de perderlo, de que no sea cierto. Un hueco en el espacio para llenarlo de emociones. Repetidas, pero emociones que son el combustible del movimiento.

Mente, perdón por enseñarte a repetir, por condenarte a reproducir: primero las emociones, lo demás es cuento, coartada para dar lugar a lo reptiliano. Primero explotó, luego se inventó la pólvora.

Nada es mío, ningún fragmento.

Pero hay un hueco, lo lleno… de historias que me preocupen. La emoción de base que hace florecer la preocupación es un hueco. Está vacío.

-:Libérate.

Es deseable solo porque creo/creo los límites, entonces tengo algo que hacer. Puedo llenar el hueco. Pero, si no creo en los límites, no hay de qué liberarse, me suelto.

Voces, miles, que anidan en mí.

¿Mías? No.

De nadie, de todos.

No existen.

Existen, porque aprendí el código.

¿Cómo se resuelven los conflictos? Leer las emociones antes que las palabras. Me dejo invadir por las emociones de los demás porque me pierdo en sus palabras. No hay conflicto, hay apegos.

Ninguna historia es cierta.

Fobia social por no saber cómo sobrellevar tanta percepción, por no saber usar los límites. La existencia está ahí para mí y yo la dilapido entregándole mi espíritu a los demás de una manera inconsciente,
desordenada,
ausente,
pero conmigo ahí.

Presa del código, a sus servicios /funcional al sistema/.
Inclusive siendo Montonero.
Tapar,
tapar,
tapar el hueco.
Tapar.

Está bien volverse diestro en las artes del mundo /El Mago/,
Y tener éxito /La Carroza/.
Pero, ninguna historia es cierta /Los Amantes/.
¿Merecerse la vida? Es ontológicamente incorrecto, Mente.
Ya está dada.

Escuchar la esencia,
el orden bajo el orden,
un código sin palabras.

El orden por debajo de las palabras, el dios que no se puede nombrar.

La memoria es una historia que no se quiere soltar, por miedo a no saber /El Loco/. Entonces la historia se repite porque es cierta. ¿De cuantas historias me estoy ayudando para esconderme? ¿Cuántas historias que consciente, Mente, me están sirviendo para crear mi mundo/miedo?

Entonces ¿para qué está El Emperador? ¿Y El Sumo Sacerdote? ¿Para qué? ¿Por qué?
La respuesta no está en ninguna parte.
No hay respuesta.
No hay pregunta.
Ninguna historia es cierta.

Un día más…

… de responsabilidades asumidas y miedo a perderlas aunque fastidien. Porque ellas, todas ellas, cada una, sin excepción me dicen cómo y qué hacer. Me dicen qué soy. Igual que todo lo que decido conservar, la gente con la que elijo estar, las palabras que repito elegir.

-: La sociedad nos enseña mal, nos reprime, no nos ayuda.

En realidad es solo porque yo necesito las reglas y los límites /El Emperador/, necesito el tirano del que liberarme. Solo estoy repitiendo el dicho, la emoción. No la estoy experimentando. Pero si al menos siento que me estoy liberando de algo, al menos estoy intentando hacer algo valioso con mi vida. La palabra libertad tiene mucho valor agregado.

Pero no hay cadenas, en realidad yo me las puse /El Diablo/ y ahora creo que me atan.

Yo me até.

O me ataron y me dijeron no te podes soltar y yo les concedí esa verdad /El Sumo Sacerdote/.

El intelecto te resuelve la inconsistencia y te quedas satisfecho, pero en realidad no lo resolviste. Solo te lo imaginaste. No usaste otros niveles de experiencia porque no tenés desarrollado otros niveles de conciencia.

Ninguna historia es cierta.

sábado, 17 de junio de 2017

Más-caras de Cebolla

Tus capas, mis capas de cebolla. Cómo me arden los ojos de pelarnos. Mis más- caras, las tuyas. Las veo cuando las tengo, las tenes. No las veo en el espejo.

Te elegí para ver mis caras, las más-caras de mi cebolla, de la tuya. Te elegí porque me vi [en vos] me oculté.

Te olvidaste un par de tus máscaras de cebolla en casa cuando te fuiste. Estuve tratando de picarlas para freírlas, pero me hicieron llorar. Por eso me detuve a hacer esta pequeña salvedad:

[De todos los trucos que hay para que pelar una cebolla no haga llorar, el que funciona para mi es no parar de pelar para secarse las lágrimas. Pelar y pelar hasta que se acabe la tarea, aunque sea con los ojos borrosos de lágrimas. Las lágrimas son la reacción del cuerpo que desprende el ojo para limpiar el ácido que deviene de pelar una cebolla máscara por más-cara. Esas lágrimas nos permiten seguir pelando y pelando hasta que se vea el interior de la cebolla, el cual suele con frecuencia estar podrido y tener un olor nauseabundo si la cebolla se ha dejado reposar por décadas sin ser pelada jamás. Ese centro putrefacto es mejor eliminarlo porque, de otra manera, agregarlo a la receta que se desea preparar con esa misma cebolla puede arruinar la futura degustación. Por todo eso, intentar pelar una cebolla sin llorar sería un ejemplo categórico de un oxímoron en acto, es el terco ideal del duelo inerte. En cambio, continuar la tarea hasta el final sin frenar el drenaje de las lágrimas nos permite acabar de desenmascarar la verdadera identidad de la cebolla.]

La identidad de una cebolla: Qué hermoso vitreaux! La combinación de todas esas caras (nuestras, mías, tuyas) desparramadas sobre la tabla de picar. Todo para descubrir que no hay cebolla sin capas, es nada más una superposición de máscaras viejas, nuevas, prestadas, elegidas, heredadas, incuestionadas caras-más de una. Dinámicas máscaras capas que nos dejan entrevernos a veces, cuando dejan de escondernos.

Te pedí que te sacaras esas máscaras porque no soportaba verme en vos. Me olvidé que las que veía eran solo mis capas.

Tal vez si yo me quitaba las mías, ya no te gustaba las que había debajo. Entonces probé ponerme las tuyas para que te mirases cuando me mirases y no te sintieses extraño.

Por eso he cambiado, ahora también tengo tus capas de piel.

Ahora vos te quitaste mis caras.

Ya no te reconozco, Cebolla, te pusiste otras más-caras nuevas.

¿Te ardió en los ojos quitarte las mías?

¿Pelaste sin parar?


Yo todavía estoy pelando las nuestras.