martes, 19 de abril de 2011

Hizo silencio


Maté al amor. El sentimiento es claro, está muerto. Resolví el enigma. Encontré al culpable, y se ha ido porque no soportó haber sido hallado.
Su imagen se desvaneció. Se fue el motivo, huyó y se perdió por no saber donde más esconderse. Se desintegró, ya no podía robarme más vida.
El amor hizo silencio. Empezó a llorar y desapareció. Dejó un vacio, como el que deja una raíz arrancada de la tierra.
Maté a la ilusión, apagué la luz. Me perdí en mí, naufragué en mi sangre, y llegué hasta ahí. Allí estaba él, el Mago de Oz. El gigante era solo un pequeño hombrecito. Se sorprendió, no me esperaba, me daba por muerta. Le pregunté qué hacía en ese lugar, cómo había llegado ahí, quién la había permitido quedarse. Enmudeció.

Una manera de estar contigo


Una manera de estar contigo. Un hilo que me hilvana entre tus manos. Una nota que denota mi es-cariño. Una mirada que marea mis sentidos. No, derecha no, izquierda. Derecha y te vas, izquierda y te quedás. Todas las veces que sea necesario, sin ne-io.

Otra manera de estar contigo. Un error al escribirte, es una forma de aproximarme. Una tontería, de vez en cuando nos hace falta. La ternura de equivocarme… El placer de perderme para encontrarte.
Correr para no alcanzarte. Desde tus manos, la mesa hasta la silla, de la silla a mis piernas. Una prolongación de mi silencio.

Un descuido que intenta ser olvido, y me tomo el atrevimiento de preguntarte  a escondidas hasta dónde querés.

Hombre Rio


Niño no, estás ahí, pero ese lugar se pierde, de a poco. Hombre si, estás acá, te quiero a mi lado. Niño no se anima, se pelea conmigo. Hombre me desea, me persuade, se sienta junto a mí. 

Entendí que te toma algún tiempo dejar fluir tu rio. Hombre-rio, moja mis labios. Cuando llego a la caverna está el niño, puedo y lo hago, juego con él. Pero escucho el rio, es al hombre a quien quiero. El Hombre se hace esperar, me observa en silencio. Hallado, jugando a las escondidas, el niño cierra sus ojos, aprieta sus puños en su pecho y aparece el Hombre. Me mira, me deja muda.

Quiero mojar mis labios con tu agua, Hombre-rio. Los diques en lo que aguardas han comenzado a filtrar tu deseo. Cuando estalle la pared y  tu pulsión se libere, quiero estar acá para sentirte mojándome. La corriente crece y me va a matar. Muere el niño y muere la niña. Sale el Hombre, aparece la Mujer. Me hace falta tu mano para dar el salto ¿Vamos?

El Ratario



- Bueno, ¿Largamos Samuel? – preguntó Clara mientras se calzaba los guantes de látex.


Sobre la mesada aguardaba una tabla de madera y un juego de pinzas, tijeras y alicate. Todos de acero, todos brillantes… Todos impolutos.

-¡Muy bien!- contestó Samuel, a la vez que tomaba del cajón un guante exageradamente grande de cuero rojo y se lo adaptaba a la mano derecha.

Clara se sentó en una banqueta orillando la mesa, y pillando el alicate empezó a jugar con él, haciendo finta de estar evaluando su funcionamiento. Con rapidez, presionaba y aflojaba ansiosamente repetidas veces.

-¿Cómo pasaste el Día del Padre?- interrogó a Samuel sin parecer interesarle la respuesta, persistía jugando con el alicate. Sujetándolo con la mano, sostenía en alto el aparejo paralelo a la ventana, examinando con gesto sospechoso, como si el efecto contraluz fuere a revelarle algo  acerca  de la calidad del filo de la pieza.
-Ah, lindo… Nos fuimos a lo de mi cuñada.- contestó Samuel entretanto introducía la mano enguantada en una jaula de metal y apartaba una rata blanca sujetándola por la cola.
-¿A lo de tu cuñada? ¡Ah! A Carlos Paz… ¿Qué tal? ¿Tu viejo? ¿Bien? –preguntó Clara, que entonces verificaba el aspecto de las pinzas.
-¿Mi viejo? Bien. Estaba contento de pasarlo con la familia. – aseguró Samuel en tanto que hacía pender de la cola a la rata que batía inquietada sus patitas estiradas buscando aferrarse a algo. Clara, de espaldas a Samuel, proseguía su cautelosa inspección. Samuel continuó…
-Mi vieja hizo sus famosos canelones.- dijo segundos después de haber inaugurado el giro de su antebrazo con el que revoleó la rata hasta dar con ella sobre la mesada. Sonó un golpe semejante al ruido que hace el martillazo de cocina que aplasta el bife de carne para milanesa. El animal comenzó a contorsionarse: arqueando su lomo con los ojos desorbitados contraía sus extremidades, lo que acabó en un gesto semejante al que tiene un epiléptico convulsionante.
-¡Uh! ¡Los canelones de tu vieja! ¡Qué exquisitos! ¿Esos con nuez y ricota?- contestó Clara que, a pesar del ruido, no había desistido de escudriñar a trasluz sus utensilios. Rozaba con la yema de sus dedos los bordes tajantes, para cerciorarse de que estuvieran bien afilados.
-Si, esos. Pero creo que ya les perdió la mano, no estaban muy buenos.- En tanto hablaba, Samuel, alistaba la cabeza de la rata en el espacio libre de una pequeña guillotina atornillada al borde de la mesa.
-¡Qué moco! Tan buenos que le salían.- dijo Clara dejando su juguete sobre la mesa. Miró a Samuel, quien con una mano sujetaba el cuerpo de la rata y con la otra empujó una palanca con un movimiento agudo que hizo descender la cuchilla que de descogotaría al animal. La presión ejercida sobre el cuello del roedor hizo saltar sus ojos hacia afuera.
-¡Pucha! Estas cuchillas que no están bien afiladas.- protestaba fastidiado Samuel porque el guillotinazo no había logrado su cometido. Insistió repetidas veces hasta que, finalmente, la cabeza de la rata cayó sobre la mesada.

Clara, cruzada de brazos sobre la silla, preguntó:
-Che, y ¿eran muchos?-.
En la mano de Samuel, el cuerpo de la rata aún se movía por acto reflejo cuando este lo desechó dentro de una bolsa. Se escuchaba el rasqueteo de las uñas del roedor sobre el plástico y él contestó:
-Y… estábamos los de siempre, así que debemos haber sido quince en total.
-¡Mira vos! Nosotros nos quedamos en casa.- declaró Clara mientras que, habiendo ubicado la cabeza de la rata sobre la tabla, intentaba a despellejarla con sus tijeras. La boca del animal temblaba y lanzaba mordiscos repentinos que al pasar los segundos menguaban su frecuencia e intensidad.
Tomando el alicate, Clara efectuó dos cortes paralelos en el cráneo de la rata, lo que le habilitó alzar, a modo de tapa, la parte superior del hueso craneano, permitiéndole descubrir el cerebro.
-¿Ah sí? - dijo Samuel.
-Sí, me pareció más práctico. Pedimos pollo a la parrilla, preparé una ensalada con lechuga, tomate y huevo. De postre compramos tiramisú.-
-¡Qué rico! ¿Dónde lo compraste? ¿En la Francheschini?-
En ese momento entró Hugo por la puerta.
-¡Uh! ¡Qué bueno que viniste Hugo! ¿Me vas a ayudar a sacar glándulas?- pidió Clara con una sonrisa mientras sostenía el alicate ensangrentado.
-Bueno, dale.- Hugo se colocó un guardapolvo, se sentó al otro lado de la mesada y se puso los guantes de látex.
-Dame una Samuel- pidió Hugo.
-¿Cómo no? Marcha una para el señor Hugo.-
-¿Cómo andas Hugo? ¿Qué tal el finde?- curioseó Clara cuando despojaba la cabeza del roedor de su cerebro, dejando libre el acceso a la glándula.
-¡Qué enormes que están estas glándulas!- murmuraba sonriente Clara.
Mientras tanto Samuel sacaba otra rata de la caja, tal como si fueran panecillos calientes, y revoleada por los aires, una vez atontada por el golpe, la rata culminó en la guillotina. El ruido del porrazo no interrumpió a Hugo que admitió:
-¿El finde? Tranqui, mis hijos me despertaron el domingo con sus regalos.-.
¡Track! Sonó el cartílago de otra cabeza que ya reposaba sobre la mesa, temblando y mordisqueando el aire.
-Tomá Hugo.-.
-Gracias Samuel.- y recibiendo la cabeza, Hugo empezó a despellejarla.
-¡Qué tiernos tus hijos! ¿Qué te regalaron?- se interesó Clara a la vez que desechaba una cabeza vacía y los sesos destruidos en una bolsa de basura.
-Prepararme otra Samuel.-pidió Clara interrumpiendo a Hugo que iba a empezar a hablar.
-¡A la orden!- dijo Samuel y a la búsqueda de una nueva víctima, el verdugo sin querer empujó la caja de ratas que reposaba sobre una silla. La jaula fue a dar en el piso, dejando libres a todos los animales que dentro, a pesar del olor a sangre en el aire, insospechaban su pronta muerte.
Con movimientos enloquecidos, cada animal corrió a esconderse en distintos recovecos de la sala. El grito despavorido de Clara abrió los ojos de Samuel y Hugo que, atónitos, no resolvieron reaccionar. Abandonando su asiento, Clara huyó igual que las ratas, no sin antes arrojar por el piso el alicate.
-¡Ahhhh! Agárrenlas antes de que me hagan algo.

Samuel y Hugo acorralaron las ratas hasta juntarlas y colocarlas de nuevo en la jaula. Todas… menos una que, sigilosa, ocultaba su escondite.
Clara, que esperaba al otro lado de la puerta, con la respiración agitada se asomó por el resquicio entreabierto y tímidamente inquirió:
-¿Ya se fueron?-.
-Falta una.- indicó Hugo.
-Pasa Clara, ya va a aparecer- aconsejó Samuel.
-Animalejos roñosos… ¡Ahg! ¡Qué asco!- maldecía Clara turbada en tanto que se cambiaba el guardapolvo. Retomaron sus puestos de trabajo y de pronto…
-¡Ahh! ¡Ahh! ¡Sacamelá, sacamelá!- vociferaba enérgicamente Clara. La rata faltante se había escondido en el bolsillo de un guardapolvo, y una vez Clara estuvo sentada portando tal atuendo, el animal  tímido subió ágilmente por la tela del uniforme hasta el cuello de su verduga y se coló entre su ropa. Clara se sacudía y agitaba sus brazos, parecía danzar al ritmo de una tarantela. Finalmente la rata salió por la cintura del sweater y cayó al suelo.
-¡Ahí está!- chilló señalando al roedor que corría a ocultarse.
¡Tracate! De un pisotón, Samuel aplastó a la rata.
-¡Todavía está sana la cabeza!- clamó Samuel mientras la alzaba del piso y la acomodaba en la guillotina.

Clara y Hugo se habían reincorporado en sus lugares. Clara recogió su alicate y sacudía con sus manos la superficie de su cuello y ropa, con el rostro enfurecido hacia ademán de retirar pelos o rastros de su emponzoñado visitante.
¡Track! Crujió el cartílago de la rata muerta después del cuchillazo.
-Toma Clara.- dijo Samuel mientras estiraba la mano con la que sostenía la cabeza del animal.
-Ah, gracias Samuel.- contestó Clara y dirigiendo su atención a Hugo prosiguió:
-Hugo, ¿qué me decías que te regalaron tus hijos?-.

Como a una mandarina


Quitarte con un beso de mi boca,
la cáscara del alma quiero;
conocer tu interior desnudo,
descascarándolo con mis dedos.

Con mis caricias de a poco descubrirte,
gajo a gajo desarmarte,
encontrar cada recoveco tuyo,
sin miedo a amarte.

Probar lo amargo de tus heridas
y saborear la miel de tus fracasos;
penetrar en lo profundo de tu esencia,
recorrer cada uno de tus pasos.

Con mi amor transformar
tu ácido en dulzura,
conocer tus espinas,
sin confundirlas con locuras.

El ardor de tus lágrimas
quisiera compartir,
y al encontrar tu mirada
comprender el motivo de tu latir.

Deseo, mi amor, amarte;
es mi más sincero anhelo,
desde mi pecho brota una fuerza
inspirada quizás por designios ajenos.

Por conocerte, cambiar mi vida sueño;
llenarme de ti, llenarte de mi.
A través del milagro de amarte entender,
por qué he de existir,
por qué rio al verte,
de qué se trata vivir.

Imagíname


Hecha a volar tu imaginación,
nadie a nuestro alrededor.
Recorre con tus manos mis labios
y sonrieme al oído,
que mi piel no tiene miedo
de contarte cuanto te esperaba.

Acércate despacio que
con el alma fuera de mi cuerpo,
espero por tu próximo beso
que me quite el sueño.

Nunca una melodía tan dulce
había hecho nido en mis labios.
Bésame que todo mi ser vibra con el tuyo,
solo escucho tus susurros en mi piel.

Tómame por la cintura y hazme recordar
cuanto te quiero.
Mírame a los ojos, mírame la boca
que enloquezco de amor.

Cuéntame al oído
con el roce de tu boca
cómo el tiempo se detiene
cuando tu respiración y la mía
soplan cuerdas de amor eterno.