Con el mismo pañuelo persigo el aroma que va despidiendo la tierra al humedecerse. El agua va ablandando cada estrato suavemente, y el valle –estremecido- comienza a recordar la forma de su runa. Ese aroma de tierra mojada me cuenta del éxtasis del deseo deshaciéndose en el deseo.
La corriente descarga la tensión de su espera. Empuja, pausada pero intensamente, se abre camino entre el vacio y la necesidad de encausarse. Cada centímetro de profundidad recorrido, recapitula millones de segundos insatisfechos.
Resuenan entre las montañas, ecos de los latidos de la tierra. El viento advierte el despertar del valle y bailando, dibuja silbidos de cantos peregrinos. Notas que buscan hacer nido en una melodía milenaria, grabada en los surcos de la tierra, esperando eones para ser interpretada.
El rio ha penetrado hasta el corazón del valle y guarda con un beso, el secreto de su deseo. El valle ha despertado y está llorando.
Con ese pañuelo voy guardando las lágrimas de la tierra, para retener el aliento del silencio que necesito para recorrer tus labios.
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