“Eso” indefinible, referencial, relativo. El verso de la
magia única de tu yo interior, tu creatividad genéticamente retorcida, tu
unicidad incuestionada, esa alquimia de espantapájaros. Sí, eso, ahí está. Sí,
sí, de eso hablo, de lo mismo que arengamos omitiendo todos; precisamente esa
cosa importante. Esa, irrefutablemente esa, se define en saber que –si querés,
si te animás- no la necesitas. Pero que podes usarla y comprendés que quizás
los demás decidan que sí la necesitan, como el prendedor herrumbrado de algún
partido político o como el rosario hecho por algún gurú perdido en el bosque.
No necesitamos cambiar el mundo. Ya estoy harta hasta el
hipotálamo de escuchar que el cambio empieza por uno. Basta que yo cambie, que
lo comprenda. O tal vez que deje de ver y -¿por qué no?- de comprender.
La gente, asumida o disimuladamente, afirma y reafirma que necesita
que le presten atención. A fin de cuentas, es así como aprendimos a sentirnos
amados, cuando creen en nosotros. Básicamente, y sin tapujos o tampones, cuando
nos dan bola.
Esta inmensidad mensamente caótica en la que estamos, somos
y formamos parte, todavía nos permite perder –si es que alguna vez lo tuvimos-
la idea o la blasfemia del control, del poder. Bastaría con dejar de
preguntarle. La dirección no importa, sino el movimiento… No se puede detener.
Aprender a sentirlo, a compartirlo, a disfrutarlo. ¿Qué sentido tiene cada
paso? ¡¿A quién le importa?!
Pero aún parece que necesitamos ese reconocimiento retorcido,
pertenecer a algo. Tener un nombre, aunque sea usado, no perder las nociones,
el contacto, la cordura. Pues, decido –o creo, de crear- que ya no necesito
nada de eso. ¡Que me trague la inmensidad! que me angustié, me asolé, me
enloquezca… Es asumir la vida sin propósitos. No los necesito, pero puedo usarlos
y darlos.
Tengo tantas certezas, tan claras que las pierdo. Ya no las
distingo, se confunden conmigo. La diferencia está en no identificarse con esas
construcciones, siempre van a ser ajenas. Puedo usarlas, convencerme de que son
reales, pero no son parte de mí.
Te prometo creer tu fantasía,
pero si te encierra, prometo decirte
que “los Reyes Magos” no existen
y seguir poniendo el pastito y el agua
para que no pierdas la esperanza.
Pero hay algo que si es necesario: creer para convivir,
para amar. Creer en confiar, crear para creer que se puede compartir algo. Es cuestión de hacerse parte de las fantasías de los demás, sabiendo la naturaleza de las mismas.
Creo
de creer.
Creo
de crear.
Crear
para creer,
creer
para crear.
Creer
y Amar.
Creer
para Amar.
Amar
para creer.
Si -al final- la realidad que elijo creer es la que crea mi
amor. Es casi lo mismo. Podría llegar a creer cualquier cosa. Eso es lo loco…Creo yo y creo vos. Creo nosotros. Creo para vos y para mi. Y confío, creo en crear. Y necesito tu creatividad cómplice...
Entonces para amarte
elijo creer que existimos
y que estamos juntos.
Perdurar es lo insólito,
pero elijo creerlo.
Y creyendo me convierto
en parte
de tu película
y te acompaño: Te amo.

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