No exagero cuando te digo
que mi cuerpo ha despertado.
Años he pasado identificándome
con esa imago fría y muerta del espejo,
reprimiendo las señales propioceptivas
de ésta que soy.
Cuerpo, no te viví como uno, ni mío;
sino muchos y ajenos.
Desplazado, sin sentido.
Como engranajes sueltos, sin funcionar.
Descuajeringada,
puerta sin quicio.
Me siento, despierta estoy.
Siento...
mi corazón agitarse
cuando querés acercarte
y no lo haces,
mi mandíbula quejarse
de las palabras banas que articulo,
en vez de hablarte de mi deseo.
Ese deseo del que no te se cuidar.
Mi pie duele, guarda la tensión
de todos los centímetro de piel
que esperan ser recorridos por tus dedos.
Y no me deja caminar
hasta que estas a mi lado.
Me estoy mirando, si, a mí.
Ya he recorrido la distancia
que hay -la que queda- entre
mi yo-imago y mi soy-mujer.
Esa otra de mí que se mira en ti,
soy yo.
Es la falta que me haces,
esos pasos que elegís no dar.
Sale, siento, me duele.
Y me encanta que me duela…
el pie.
Me recuerda cuanto tiempo olvidé
acordarme de mi.

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